Desde siempre he tenido problemas a la hora de comprar ropa y derivados, pero han sido pequeñas cosas que he ido dejando pasar por no complicarme o que he ido salvando a fuerza de mucha busca y, no siempre, captura. Pero últimamente esta situación se hace cada vez más patente. Os explico. Hace unos días fui de compras, cosa que no me hacía especial ilusión, pero sí falta. Decidí salir con mi madre y con la mejor de mis sonrisas esperando que si el día no podía ser agradable fuese, al menos, productivo.
¿Y cuál fue el panorama? Pues de repente me encontré envuelta en una nube de “música” maquinera que te invitaba a irte a tu casa a esconderte bajo la cama y a no salir de allí en, como poco, un mes… Colas y colas interminables… que si una cola para la caja, que si otra para los probadores, una tercera para poder aspirar a preguntarle a la dependienta si tendría a bien el mirar si está tu talla de algo… En resumen, un cuadro espantoso. Pero, no te engañes, todas estas cosas macabras y horribles no son lo peor que puedes encontrar en una tienda, este es solo el marco en el que se esconde el verdadero problema, que es la cuestión que hoy quiero tratar.
¿Cuál es mi talla? O, en su defecto, ¿por qué no hay cosas de mi talla?
Y es que hoy en día es imposible entrar a una tienda y acertar a la hora de coger una prenda, pues, por mucho que tomemos como referencia el pantalón que llevemos puesto, que resulta que es de la misma tienda en la que estamos comprando, no nos quedará bien…
Al final optas por guiarte, a parte de por la talla que crees que es la tuya, por la táctica del “ojímetro”, no muy ortodoxa, pero en ocasiones, efectiva. Pero nunca es suficiente, de los que te están bien por una lado, te sobra por el otro y viceversa… Das la cuestión de comprar un pantalón por imposible y optas por otra cosa de la lista: ¡Unas botas! Si, unas botas son fáciles, es un zapato. Pues bien, cuando encuentro unas de mi agrado resulta que la cremallera no me sube ni medio palmo, a lo que la dependienta me responde con cara de amargada: prueba en “tallas especiales”.
Y tu te acercas, aunque sabes de antemano que eso de “especial” en una tienda nunca suele ser bueno y conforme avanzas confirmas tus peores sospechas y ¡es que mira que son feas!
Así que finalmente opté por comprar un par de camisetas, eso sí, vigilando muy bien que no fueran ombligueras y me senté en la cafetería del Corte Inglés a tomarme unas tortitas con mi madre, porque, a pesar de que no me entren unos pantalones yo no me veo tan mal, y si la cosa sigue así, la próxima vez optaré por el chándal, que si no es muy elegante, es, al menos, efectivo. :D
una gran realidad que nos brinda esta sociedad, viva!
ResponderEliminarTe has olvidado de decir, que cuando te armas de valor a probarte algo, cojes 2 tallas, por si acaso, y aveces tienes que buscar una tercera cuando estas en el probador, y claro 2 tallas de cada cosa y solo te dejan entrar 4 o 5 prendas, pues al final te pruebas una chufa. En fin, deprimente....